diez vidas

en uno de esos días realmente confusos, me encontré un ejercicio para hacer. la pregunta era simple: ¿si tuviera diez vidas, qué haría en cada una? ¿qué le gustaría ser?

esta fue mi lista (sin ningún orden particular)

-cantante
-investigadora forense
-académica
-novelista/guionista
-antropóloga visual/productora de cine etnográfico
-diseñadora de joyas
-fotógrafa de la national geographic
-guardaparques/veterinaria de animales salvajes
-exploradora gastronómica/chef trotamundos

vamos a ver cuántas alcanzo a hacer…

¿cuáles son sus diez vidas?

detallitos varios

-tengo una pequeña bendición en casa. está enfermita, y cada vez que tose a mí se me sale el alma por la boca. no podría soportar otra despedida por estos días.
-quiero irme a un lugar con sol y sin vallenatos, poner la mente en blanco y finalmente entender qué hacer con mi vida.
-no niego que diciembre tiene sus ventajas, pero me tienen desesperada los taxistas y su prima navideña, el reno de luces que ponen en la entrada de mi edificio y los villancicos en los supermercados.
-mi casa está repleta y patas arriba gracias a mis encantadoras visitas. me da susto la soledad que voy a encontrar cuando vuelva de vacaciones y ellas se hayan ido.
-a veces el miedo a perder a los que amo me hace olvidar lo afortunada que soy de tenerles conmigo por ahora.

escribir

escribir para no pensar, escribir como una forma de meditación zen, escribir para hacerse el interesante, escribir para esconder(se), escribir por si acaso, escribir para salir de eso, escribir para eludir el miedo, escribir sin mostrarle a nadie, escribir con dudas, escribir para no hacer lo que hay pendiente, escribir para no tener que hablar, escribir para que se sienta menos el dolor, escribir mientras se puede, pero seguir escribiendo, porque lo que hay del otro lado seguramente es peor.

ser como hermanos

los que no tienen hermanos no pueden hacerse una idea de lo contradictoria y apabullante que es esa relación. ni medio hermanos que siempre han vivido aparte, ni amigos del alma, ni primos cercanos sirven para hacerse una idea: es otra cosa.

uno a los hermanos cuando es chiquito los quiere ahorcar casi todo el tiempo. los hermanos (especialmente si son mayores) son seres detestables que se interponen cuando la mamá lo va a consentir a uno, que lo sapean cuando hace algo malo y cuyo regalo siempre es más bonito que el de uno. los hermanos le dicen a uno que es adoptado, lo dejan encerrado en el balcón y lo humillan al comenzar la adolescencia porque ellos sí tienen amigos. cuando uno pelea con los hermanos ellos le dicen las cosas más hirientes que alguien le puede decir, porque lo conocen más a fondo que el resto de la gente. qué se le va a hacer, es su trabajo y para eso les pagan.

julia

mi hermanita -mi única hermanita- hizo siempre su trabajo a conciencia. y durante más de veinte años nos tiramos por la cabeza juguetes, insultos y pequeñas crueldades, como hemos hecho todos con los hermanos. pero en el fondo de eso siempre había una certeza: que el otro siempre iba a estar ahí, que nunca estabas del todo solo. los hermanos lo cuidan a uno con una fiereza increíble aunque uno ni siquiera se sienta amenazado. los hermanos son indispensables para rajar de los papás, pues a nadie más le admite uno que hable mal de ellos. los hermanos son también el back-up de la infancia, porque estaban más o menos en el mismo lugar que uno y le confirman que las alegrías y los dolores existieron y no son sólo inventos. los hermanos comparten con uno un lenguaje que empieza muy temprano y que sobrevive a los devenires de crecer, y por eso pueden entenderlo aunque casi nunca estén de acuerdo con uno.

uno pasa media vida queriendo que los hermanos se vayan muy lejos, y el día que eso pasa conoce una soledad que no se parece a ninguna otra. pues si sólo tus hermanos van a sentir tu mismo dolor cuando se mueran tus papás, cuando se va tu único hermano nadie siente lo que tú. a los papás los preparan toda la vida para hacerse a la idea de que sus hijos alguna vez se irán -y aún así muchos no lo logran-. pero ¿quién lo prepara a uno para que su hermanita se vaya al otro lado del mundo y empiece una vida donde uno es sólo una voz en el teléfono?

la complicidad que hemos construido con mi hermanita es independiente de la distancia y el tiempo, y por eso he insistido en que se vaya a hacer su vida donde quiera. pero la tristeza de pensar que no estaré ahí cuando se enamore, cuando arme una casa, cuando -tal vez- decida tener un hijo, no se parece a la de ninguna separación que haya experimentado antes.

julia

por eso este post es simplemente una forma de recordarme que las cosas en últimas son como en lilo y stitch: nuestra familia es chiquita y rota y no tenemos muchos juguetes, pero no importa, porque tu familia -es decir, tu hermana- nunca te abandona ni te olvida.

navecitas

“a mí no me gustan las películas de navecitas”, contesté tajantemente cuando, a los quince años, pili me habló de star wars. la frase me persigue hasta hoy, y no faltó quien me la recordara cuando se enteró -un año tarde- del nombre de este blog.

esa frase es un ejemplo perfecto de cómo fuí de adolescente. mientras el estereotipo dice que uno en esos años se enloquece, se salta todas las reglas, no le importa nada y se deja llevar por el más puro hedonismo, la verdad es que yo he hecho las cosas un poco al revés. de adolescente fui dogmática, hipertrascendental, políticamente intransigente, dramática, trágica e hiperbólica, irremediablemente metida a grande y dispuesta a morir por unos principios que, mirados de lejitos, definitivamente no eran para tanto.

recién ahora, pasados los 23, entiendo que para mí crecer ha sido, precisamente, soltar el montón de convicciones que tenía y empezar a andar por la vida con algo más de flexibilidad y buen humor. no digo que ya no sea ninguna de esas cosas -de hecho, para que me crucifiquen, sigo sin ser fan de las películas de navecitas, salvo cuando proveen términos interesantes- pero una parte de mí sigue siendo más barranquillera que manizalita, y he optado por dejarla salir con más frecuencia.

}de la adolescencia no extraño lo taxativo de las afirmaciones, ni las relaciones tormentosas con los papás -a quienes, como dijo rafa en alguna parte, uno termina queriendo por puro síndrome de estocolmo-, ni las peleas eternas con el novio por mierderos más simbólicos que reales, ni la convicción de que si no eres como tienes que ser para que te acepten los gatos con los que estás, vivirás solo para siempre.

pero, por otro lado, tengo que admitir que hay cosas de ese tiempo que sí me dan nostalgia. las convicciones podían ser artificiales y cerradas, pero no tenían los matices que han ido adquiriendo con los años. cuando uno se enamoraba no sabía qué podía salir mal, y se creía exento de los desastres y los desencuentros que veía ocurrir en los amores ajenos. había un sitio -en mi caso el comité- donde uno podía experimentar eso de ser parte de algo, querer mucho a mucha gente sin importar que las vidas fueran a coger por caminos distintos poco después, compartir un pedazo de pan entre quince personas y quedar satisfecho.

finalmente, lo mejor de la adolescencia viene siendo el hecho de que ya acabó, y cuando eso pasa uno empieza lentamente a sentirse más cómodo dentro de su propia piel, en una mezcla de aprendizajes y desencantos que casi siempre vale la pena. por eso entre los más sagrados derechos está el de no ser coherentes con lo que decíamos a los quince. ¿qué sería de nosotros si no?

punto de cruz

en mi primer semestre en la universidad tenía una clase aburridísima martes y jueves a las siete de la mañana, en el más frío de los salones de la más vieja de las construcciones de piedra afilada de los andes. ahí, mientras un señor de apellido plata emitía un zumbido interminable sobre un tema que en otras circunstancias habría sido interesante (pensadores clásicos siglo xix) yo, sentada en el fondo del auditorio, sacaba mi aguja de crochet y tejía las mochilas de hilaza de algodón que usé juiciosamente los semestres siguientes.

cuando estaba en mitad de la carrera me hice amiga de un niño algo extraño, economista marihuanero de corazón dulce y gramática dudosa, que vivía solo en bogotá pero no había perdido los mimos de hijo único. con él veíamos películas y hablábamos incoherencias, excusas para lo importante: irnos a la plaza de mercado a comprar frutas para que yo le hiciera mermelada, o cocinarle arroz con leche y hacerle coladita cuando se enfermaba.

así sucesivamente, durante los años que pasé concentrada en estudiar (créanlo o no, yo era de las que se concentraban en eso) se suponía que lo importante era la teoría, por no hablar de la metodología, los argumentos y el enfoque. lo demás eran distracciones, el tipo de cosas que una señorita decimonónica hace mientras espera a que el hombre que ha de hacerla feliz aparezca frente a ella. entretenciones cursis como la repostería, el punto de cruz y los portarretratos pintados eran una desviación admisible, aunque vergonzosa.

hoy, después de una carrera, una maestría y unos pocos años de eso que llaman ‘ejercicio profesional’, por fin lo he comprendido: amo la antropología en cuanto hobby, la investigación social como divertimento inocente y la teoría como lectura de tarde lluviosa. pero la vida -como dirían las abuelitas- es coser y cantar. y si se trata de aportar al mundo, hagamos un concurso: la mitad de los voluntarios leen mi tesis de maestría y la otra mitad comen de mis postres. veremos quiénes quedan más contentos.

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