navecitas

“a mí no me gustan las películas de navecitas”, contesté tajantemente cuando, a los quince años, pili me habló de star wars. la frase me persigue hasta hoy, y no faltó quien me la recordara cuando se enteró -un año tarde- del nombre de este blog.

esa frase es un ejemplo perfecto de cómo fuí de adolescente. mientras el estereotipo dice que uno en esos años se enloquece, se salta todas las reglas, no le importa nada y se deja llevar por el más puro hedonismo, la verdad es que yo he hecho las cosas un poco al revés. de adolescente fui dogmática, hipertrascendental, políticamente intransigente, dramática, trágica e hiperbólica, irremediablemente metida a grande y dispuesta a morir por unos principios que, mirados de lejitos, definitivamente no eran para tanto.

recién ahora, pasados los 23, entiendo que para mí crecer ha sido, precisamente, soltar el montón de convicciones que tenía y empezar a andar por la vida con algo más de flexibilidad y buen humor. no digo que ya no sea ninguna de esas cosas -de hecho, para que me crucifiquen, sigo sin ser fan de las películas de navecitas, salvo cuando proveen términos interesantes- pero una parte de mí sigue siendo más barranquillera que manizalita, y he optado por dejarla salir con más frecuencia.

}de la adolescencia no extraño lo taxativo de las afirmaciones, ni las relaciones tormentosas con los papás -a quienes, como dijo rafa en alguna parte, uno termina queriendo por puro síndrome de estocolmo-, ni las peleas eternas con el novio por mierderos más simbólicos que reales, ni la convicción de que si no eres como tienes que ser para que te acepten los gatos con los que estás, vivirás solo para siempre.

pero, por otro lado, tengo que admitir que hay cosas de ese tiempo que sí me dan nostalgia. las convicciones podían ser artificiales y cerradas, pero no tenían los matices que han ido adquiriendo con los años. cuando uno se enamoraba no sabía qué podía salir mal, y se creía exento de los desastres y los desencuentros que veía ocurrir en los amores ajenos. había un sitio -en mi caso el comité- donde uno podía experimentar eso de ser parte de algo, querer mucho a mucha gente sin importar que las vidas fueran a coger por caminos distintos poco después, compartir un pedazo de pan entre quince personas y quedar satisfecho.

finalmente, lo mejor de la adolescencia viene siendo el hecho de que ya acabó, y cuando eso pasa uno empieza lentamente a sentirse más cómodo dentro de su propia piel, en una mezcla de aprendizajes y desencantos que casi siempre vale la pena. por eso entre los más sagrados derechos está el de no ser coherentes con lo que decíamos a los quince. ¿qué sería de nosotros si no?

5 decires »

  1. lo dice
    14-12-05 @ 8:41 pm

    No es sencillo, a la larga, saber que se fue adolescente y ya no se es más, no? Que se aprendió tanto, se sintió tanto, y ahora hay una suerte de madurez desencantada. ¿O seré yo?

  2. lo dice
    16-12-05 @ 5:59 am

    DE acuerdo. Lo mejor de la adolescencia, es que pasa. Por cierto, gracias por el link…y por aca ando leyendo.

  3. lo dice
    17-12-05 @ 12:25 am

    no hay de qué, más bien gracias por darnos a los demás cosas interesantes para leer. y siempre bienvenida…

  4. lo dice
    20-12-05 @ 2:52 am

    No guardo rencor por mi adolescencia, pero no hay nada como el ver como ha cambiado uno … se siente .. bonito.

  5. lo dice
    6-01-06 @ 3:41 pm

    bueno, pues estoy de acuerdo, lo mejor de la adolescencia es que terminó. sin embargo, me gustan los matices, me gusta sentir el miedo al desastre total en el amor, me gusta que cada uno tenga su pan y aún así quiera salchichon y bocadillo.

    y lo que mas me gusta es que continuamos siendo hipertrascendentales, dramáticas, trágicas e hiperbólicas, pero decidimos también que la vida es coser y cantar -y bailar rikarena y fulanito hasta las 3 de la mañana-.
    por cierto, como chusco el blog.