mi abuelita sabía qué tipo de mujer tenía que ser y lo que le esperaba si se salía de la línea. mi madre tenía que escoger entre una vida como la de la abuela o un feminismo militante como el de la pendeja de florence, que no se da cuenta de que su argumento según el cual las mujeres somos por naturaleza pacíficas y solidarias está montado en la misma falacia que el que por siglos afirmó que somos débiles y caprichosas.
hablábamos antenoche con mi comadre de lo jodido que es ahora para nosotras estar ‘grandes’ e intentar comprender qué tipo de mujeres queremos ser. no nos llama ninguno de los modelos, pero queremos los privilegios de ambos. queremos que nos reconozcan como iguales, que nos respeten y no nos jodan. también queremos que nos cuiden, que nos consientan, y no nos ofendemos si nos traen flores. queremos no un tipo que ‘ayude’ con las cosas de la casa sino uno que comparta la responsabilidad, pero queremos también reservarnos el derecho de decorar a nuestro gusto y queremos los vasos bien limpios.
¿tonces? diría el cliché que las mujeres nunca saben lo que quieren. diría yo que sí sabemos, lo que pasa es que suelen ser cosas contradictorias. necesitamos inventarnos un contenido nuevo para eso de ser mujeres, de ser adultas, de ser un montón de cosas que no queremos ser del modo que conocemos pero que tampoco sabemos cómo más se pueden. y yo hoy quiero pensar que es posible, que no hay que portarse como un niño para merecer respeto, que puedo tener una chaqueta morada, los ojos pintados, criterio y carácter.
hay cosas bonitas en intentarlo, como el descubrimiento de que mis modos de pensar son intensamente femeninos, en el sentido más estricto de la palabra: la mirada, el análisis, las cosas que descubro en una investigación, son únicamente posibles porque soy niña. y en un equipo dirigido por un hombre, donde leemos a mil señores que piensan todos más o menos del mismo modo, ha resultado refrescante eso de tener corazón y no dejarlo entre el armario por miedo a que piensen que carezco de rigor intelectual y estoy hablando pendejadas.
también hay pequeñas decepciones, como ver a algunos amigos encartados porque de repente descubrieron que eres niña y no te da pena serlo, y ya no saben como tratarte. esos que suponen que tienes que montarte a gritar en una silla si pasa un ratón, tiene que gustarte hello kitty, tienes que estar intentando chantajearlos. ¿cómo salirnos del esquemita de ‘no crea en cojera de perro ni en lágrimas de mujer’? ¿cómo recuperar el agridulce placer del llanto que no pretende manejar a nadie, ni crear culpas, ni inspirar misericordia, sino simplemente lavar el dolor?
la que se entere me avisa.