levántate y anda

entonces una mañana te levantas y lo piensas mejor y descubres que en efecto el asunto es de humildad, que si te crees el centro del puto mundo pues será tu responsabilidad tenerlo organizado, pero si eres solo un bichito más bajo la luna puedes respirar profundo y seguir andando, agradecida por todo lo que tienes, por el poquito que has hecho y los montones que han hecho por ti. así que pones música y consientes un gato y besas a un extraño y buscas tu lugar en el mundo sin afán pero con amor. veremos si funciona.

pd. entre mis fortunas cuento las palabras con que sus mercedes me ayudan cuando ando mal. gracias. y gracias especialmente a usted, santiago.

heartbroken

van veinte veces que me echo el cuento de que lo de urabá ya terminó -cuando salí de allá, cuando entregué la tesis, cuando sustenté, cuando me gradué, cuando entregué el manuscrito para el libro y así sucesivamente- y anoche, cazando comas con miguel, las lágrimas saltaron de nuevo para demostrar que aún hay miedos, dudas y dolores que distan mucho de estar resueltos. comienzo a sentir que no me alcanza la vida para procesar esto, que cada nuevo muerto lo cargan a mi cuenta, que la pregunta por la utilidad de este trabajo no la responderé nunca.

esto es lo único que sé hacer y es en lo que me veo siempre, pero si cada intento de antropología de la violencia me va a dejar tantas heridas, tal vez es hora de preguntarme si no debería elegir otro oficio que sea más capaz de hacer.

missing

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que la gente se va es algo con lo que algunos aprendemos a vivir desde chiquitos. dado que mi madre no pudo estar en varios de mis cumpleaños de infancia, temprano me hice a la idea de que encerrarme a llorar porque ella estaba lejos era el mejor modo de tirarme los paseos.

con el tiempo, sucesivas separaciones de unos y otros me hicieron más o menos inmune a los dolores de la distancia: los únicos que me hacen falta de manera intensa y a veces dolorosa son los amores, y eso el primer año. después empiezan a preocuparse porque me voy a campo o de vacaciones y no adelanto el regreso para verlos, pero no es problema de cuánto los quiero o me gusta verlos sino de que el cuerpo y el alma se van adaptando y aprenden a añorar al otro sin cargar como un lastre que no esté. por eso sobreviví a un año con el amor de la vida en otro país y a semanas y meses sola en diversos huecos de la geografía colombiana. porque si además de todo lo que tenía por hacer me hubiera sentado cada tarde a llorar las ausencias, temprano se me habrían acabado las fuerzas.

eso no quiere decir que no piense en la gente, que no me importe que esté lejos, que la saque por completo de mi vida cuando se va. simplemente me he acostumbrado a no sufrir mucho por ello. pero eso, sumado a la renombrada ingratitud que hace que a alguna de la gente que más quiero la llame dos o tres veces al año, se traduce en que a veces mi afecto tiene problemas para hacerse notar desde lejos, y lo que fue siempre una ventaja empieza a parecer una barrera para decirle a los que están allá que acá sigo, que los recuerdo, que nunca he dejado de quererlos y que haría por ellos cualquier cosa… menos escribir seguido.

entretanto

¿qué hacer cuando se han cerrado ya todos los ciclos y los nuevos aún no comienzan? ¿a qué dedicarse en ese limbo en el que todo lo importante ya pasó o está por ocurrir, mientras los días se suceden sin sorpresas? ¿cómo mantener el alma entretenida y la mente funcionando sin que la rutina devore el entusiasmo que queda, cómo sobrevivir a las ganas de dormirse en julio y despertar a comienzos de diciembre, cuando los proyectos puedan por fin echarse a andar y nuevas cosas lleguen a ocupar el lugar que las anteriores ya dejaron libre?

vestir de verde el blog y las paredes, cumplir los compromisos adquiridos, juntar fuerzas. eso tiene sentido por un tiempo. pero después tanta tranquilidad es enloquecedora, tanta quietud agota. necesito encontrar algo que me mueva el resto de este año, porque hacer vueltas y sacar papeles con miras a lo que viene dista mucho de ser suficiente.

modelos de mujer

mi abuelita sabía qué tipo de mujer tenía que ser y lo que le esperaba si se salía de la línea. mi madre tenía que escoger entre una vida como la de la abuela o un feminismo militante como el de la pendeja de florence, que no se da cuenta de que su argumento según el cual las mujeres somos por naturaleza pacíficas y solidarias está montado en la misma falacia que el que por siglos afirmó que somos débiles y caprichosas.

hablábamos antenoche con mi comadre de lo jodido que es ahora para nosotras estar ‘grandes’ e intentar comprender qué tipo de mujeres queremos ser. no nos llama ninguno de los modelos, pero queremos los privilegios de ambos. queremos que nos reconozcan como iguales, que nos respeten y no nos jodan. también queremos que nos cuiden, que nos consientan, y no nos ofendemos si nos traen flores. queremos no un tipo que ‘ayude’ con las cosas de la casa sino uno que comparta la responsabilidad, pero queremos también reservarnos el derecho de decorar a nuestro gusto y queremos los vasos bien limpios.

¿tonces? diría el cliché que las mujeres nunca saben lo que quieren. diría yo que sí sabemos, lo que pasa es que suelen ser cosas contradictorias. necesitamos inventarnos un contenido nuevo para eso de ser mujeres, de ser adultas, de ser un montón de cosas que no queremos ser del modo que conocemos pero que tampoco sabemos cómo más se pueden. y yo hoy quiero pensar que es posible, que no hay que portarse como un niño para merecer respeto, que puedo tener una chaqueta morada, los ojos pintados, criterio y carácter.

hay cosas bonitas en intentarlo, como el descubrimiento de que mis modos de pensar son intensamente femeninos, en el sentido más estricto de la palabra: la mirada, el análisis, las cosas que descubro en una investigación, son únicamente posibles porque soy niña. y en un equipo dirigido por un hombre, donde leemos a mil señores que piensan todos más o menos del mismo modo, ha resultado refrescante eso de tener corazón y no dejarlo entre el armario por miedo a que piensen que carezco de rigor intelectual y estoy hablando pendejadas.

también hay pequeñas decepciones, como ver a algunos amigos encartados porque de repente descubrieron que eres niña y no te da pena serlo, y ya no saben como tratarte. esos que suponen que tienes que montarte a gritar en una silla si pasa un ratón, tiene que gustarte hello kitty, tienes que estar intentando chantajearlos. ¿cómo salirnos del esquemita de ‘no crea en cojera de perro ni en lágrimas de mujer’? ¿cómo recuperar el agridulce placer del llanto que no pretende manejar a nadie, ni crear culpas, ni inspirar misericordia, sino simplemente lavar el dolor?

la que se entere me avisa.

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