so long
mis primeros recuerdos de él tienen que ver con caracteres griegos, chistes crueles y discusiones sobre la exploración petrolera en territorio u’wa. lo conocí en la clase de milcíades, primero, y después dando vueltas por el centro y desayunando entre los esmeralderos de la avenida jiménez.
era (igual que yo) un viejito de diecisiete años. lo horrorizaban la socialbacanería y mis amigos saltimbanquis, tanto como le gustaba -y le gusta- cocinar y dar vueltas por el mundo. recuerdo amanecer charlando con él por icq en los tiempos pre-messenger, y escuchar sus cuentos adolescentes de corazón roto que no han cambiado mucho desde entonces.
hemos pasado por tiempos de amor rendido y otros de incomodidad recíproca, por hablar día de por medio y por ignorarnos seis meses seguidos, por llamadas tristes y mensajes eufóricos, y todo eso ha estado bien a su particular manera.
porque ese es él. el más generoso y el más egocéntrico, el más temperamental y el más dulce, el de la costumbre de autoflagelarse y los huevos pericos con salsa picante al desayuno. llevo ocho años pidiéndole que me mande una postal y todavía no ha habido modo de que me dé gusto, pero me ha hecho regalos que superan cualquier cosa que hubiera sido capaz de pedirle. su nombre está en la primera página de mi libro y en una carpeta de mi outlook que tiene mensajes del año noventa y nueve, y en la que vaya usted a saber qué nuevas cosas apareceran este semestre que va a estar lejos.
y mientras él prepara sus maletas, yo me siento como cuando se fue mi hermanita: feliz porque este viaje le estaba haciendo falta, emocionada ante la perspectiva, un poquito envidiosa allá en el fondo y con una nostalgia la hijueputa. algunas de esas cosas se me pasarán, más temprano que tarde. otras quizá no se me pasen nunca.



