so long

mis primeros recuerdos de él tienen que ver con caracteres griegos, chistes crueles y discusiones sobre la exploración petrolera en territorio u’wa. lo conocí en la clase de milcíades, primero, y después dando vueltas por el centro y desayunando entre los esmeralderos de la avenida jiménez.

era (igual que yo) un viejito de diecisiete años. lo horrorizaban la socialbacanería y mis amigos saltimbanquis, tanto como le gustaba -y le gusta- cocinar y dar vueltas por el mundo. recuerdo amanecer charlando con él por icq en los tiempos pre-messenger, y escuchar sus cuentos adolescentes de corazón roto que no han cambiado mucho desde entonces.

hemos pasado por tiempos de amor rendido y otros de incomodidad recíproca, por hablar día de por medio y por ignorarnos seis meses seguidos, por llamadas tristes y mensajes eufóricos, y todo eso ha estado bien a su particular manera.

porque ese es él. el más generoso y el más egocéntrico, el más temperamental y el más dulce, el de la costumbre de autoflagelarse y los huevos pericos con salsa picante al desayuno. llevo ocho años pidiéndole que me mande una postal y todavía no ha habido modo de que me dé gusto, pero me ha hecho regalos que superan cualquier cosa que hubiera sido capaz de pedirle. su nombre está en la primera página de mi libro y en una carpeta de mi outlook que tiene mensajes del año noventa y nueve, y en la que vaya usted a saber qué nuevas cosas apareceran este semestre que va a estar lejos.

y mientras él prepara sus maletas, yo me siento como cuando se fue mi hermanita: feliz porque este viaje le estaba haciendo falta, emocionada ante la perspectiva, un poquito envidiosa allá en el fondo y con una nostalgia la hijueputa. algunas de esas cosas se me pasarán, más temprano que tarde. otras quizá no se me pasen nunca.

sin título

en medio de una semana agotadora, ayer llevé a otro grupo de alumnos a la salida de campo en la zona de alto impacto (eufemismo técnico para zona de tolerancia) de la localidad de los mártires. he estado llevando grupos allá cada mes desde agosto, como parte de una caminata de cinco horas en las que intentamos acercarnos a la comprensión de los diversos órdenes que se superponen en la ciudad.

al final del año, y en especial en diciembre, la zona de alto impacto estaba llena de gente, con mujeres y travestis exhibiéndose e interpelando a los transeúntes, música a todo taco en todos los negocios y un ambiente sórdido pero festivo, con cerveza, whisky y aguardiente circulando entre la concurrencia.

ayer que volví me dolió el corazón. enero es para ellos un mes malo, muchos de los negocios están cerrados y las personas que esperan en los andenes parecen irremediablemente cansadas y solas. el velo de bullicio y animación que cubría la pobreza cae en estos días, y lo que queda a la vista es un lugar entre desolado y desolador. las mujeres andan pensando en los útiles para que los muchachitos entren al colegio, y los hombres sabe dios en qué. pero a todos ellos los años de un trabajo desgastante e incierto se les han quedado en la piel, y el sol de enero hace visible el daño de manera despiadada.

y me duele pensar lo que debe ser empezar un año más de pie en unos tacones, frente a una calle sucia, esperando un cliente que quizá deje lo de la comida o quizá una nueva cicatriz en el cuerpo o el alma. simplemente me duele.

así

sólo por estar fuera de casa, nos fuimos ayer con el mono a cine. llegamos tres horas antes, de desparche, y nos hizo ojitos un aviso que decía “love me two times”, como solía decir mr. morrison. y entramos así por primera vez a un sitio contra el que yo tenía todos los prejuicios y nos tomamos un long island ice tea (que no tiene té pero sí vodka, tequila, ginebra y triple sec) que nos cayó de perlas. nos reímos y nos reímos y nos reímos y comimos papitas y conversamos y cantamos la mitad de las canciones que ponían y luego nos comimos unos sánduches seguidos por el mejor postre de manzana de los últimos tiempos, y luego otro long island que estaba casi tan bueno como el primero. después corrimos para llegar a la película, que resultó (sin ser la última maravilla) probablemente lo mejorcito que ha producido el cine colombiano en los últimos diez años. salimos felices, al clima perfecto de bogotá a media noche, y llegamos a la casa agradecidos por esos planes que salen de la nada y en los que uno puede gastarse sin remordimiento la plata de la semana, porque obtiene muchas cosas a cambio.

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pd. yo sé que no he escrito mucho últimamente, pero es que de verdad necesitaba un descanso. entretanto, los invito a leer mi última columnita en equinoxio o a pasear por la red de mi mano. gracias a todos por seguir pendientes y por sus saludos y mensajitos…

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después de un rato haciéndole mantenimiento al computador, finalmente entendí cuál es el problema: soy yo la que necesita una desfragmentación.

la sociología acierta de vez en cuando

ella era una mujer de unos veintiocho años, con tres hijos a cuestas y una situación económica no muy envidiable. tras enviudar a los veinticinco, se había casado por segunda vez y se dedicaba a fabricar artesanías que luego su marido vendía por los pueblos.

era una mujer inteligente, pero su formación académica fue de apenas tres años de bachillerato y en los pueblos perdidos en que solía vivir la oferta de televisión incluía casi siempre canal caracol pero rara vez discovery channel. compensaba con intuición y trucos mágicos lo que le faltaba en conocimiento y así lograba criar sus hijos, llevar las cuentas de su negocio en un cuaderno rayado de colegio y mantener la casa funcionando, como lo hacen la mayoría de las mujeres en este país y también en los otros.

una tarde fue a que le leyera la mano una adivina de esas que andan en chiva por entre los pueblos, cobrando dos mil pesos por decirle el destino a quien crea en él y cinco mil por explicarle quién es, cómo se ve y dónde vive el hombre de su vida. como ella creía tener resuelto el segundo punto, se concentró en el primero y la adivina le pronosticó, con inequívoca claridad, que iba a tener otro hijo.

ella no quería un cuarto hijo y no tenía con qué mantenerlo, por eso había ido al centro de salud y le había pedido al médico que le recetara unas anticonceptivas. llevaba ya varios meses tomándolas cuando fue a ver a la adivina, y así se lo hizo saber. yo no sé -contestó la señora- pero a usted todavía le falta un muchachito.

la mujer volvió a su casa asustadísima e hizo lo que la más terrenal lógica le indicaba: si una pastilla disminuye el dolor de cabeza y dos lo eliminan por completo, lo mismo debía pasar con las anticonceptivas. por eso decidió empezar a tomarse dos pastillas diarias. tras un par de meses, y en medio de un desorden hormonal que no quiero imaginarme, quedó embarazada de nuevo. el niño tiene ya nueve años, y ella hasta ahora, que me cuenta el cuento, se entera de que fue precisamente su desesperada medida preventiva lo que hizo que las píldoras no funcionaran. se ríe, alza los hombros y se va a seguir con sus artesanías, mientras yo pienso que no hace falta leer tragedias griegas, shakespeare ni la saga de harry potter. las profecías autocumplidas están siempre al alcance de la mano.

no todo lo he olvidado

recuerdo que, cuando viajábamos por carretera, él paraba al lado de las cercas para mostrarnos lo que crecía en los campos: esto es sorgo, esto es arroz, esto es maíz. lo recuerdo pasando por entre los alambres para meterse a un algodonal y volver con ramitas y copos de algodón, con un raspón en el brazo y cadillos en los pantalones.

recuerdo que me tomaba de la mano y nos íbamos adentrando en el mar tranquilo de santa verónica, pasando las olas pequeñas por encima y las grandes por debajo, hasta que ya no sentíamos el piso.

recuerdo que se aguantó tres días de disneylandia, contra todos sus gustos y sus principios, porque nosotras queríamos ir, y que nos tradujo lo mejor que pudo los letreros, y nos compró dulces, y pasó rico dentro de lo posible.

recuerdo que se levantó a las dos de la mañana, dormido todavía, a ponerle una inyección de diclofenaco a un novio mío que tenía un espasmo en la espalda, y que madrugó al otro día sin decir una palabra al respecto.

recuerdo que me llevó a ver los caimanes, a los que alimentaban con los pescados demasiado pequeños que decomisaban a los pescadores. me sostenía en el borde del murito para que yo pudiera verlos allá abajo, amontonados.

recuerdo que cuando mi hermanita dijo a los quince años que no quería estudiar, que quería ser modelo, él dijo que no había problema. y cuando yo, a los dieciocho, quise dejar la universidad para dedicarme a cantar, también le pareció bien. ninguna de las dos lo hizo finalmente, pero nos quedó la sensación agradable de que habríamos podido hacerlo y él habría estado ahí de todas formas.

recuerdo que me trepaba por su espalda y me paraba en sus hombros, y luego él daba un salto y yo me tiraba de cabeza a la piscina. y recuerdo que lo hacíamos cinco o diez veces seguidas.

recuerdo que me quitaba las espinas que se me clavaban en los pies y que me hacía las curaciones cada vez que me cortaba, mientras mi madre miraba para otro lado porque su horror a la sangre se multiplicaba cuando la sangre era de sus hijas.

recuerdo que me regaló una navidad la edición de aniversario del quijote y se puso a contarme cómo era la que él había leído allá a los diecisiete en barranquilla. recuerdo que no me afanó para que lo leyera, ni me preguntó después cómo me había parecido. me dijo que ese es de los libros que lo esperan a uno el tiempo que haga falta, y yo le creí.

recuerdo que estaba al borde de las lágrimas cuando me llevó a isla de salamanca y vio los manglares de su juventud convertidos en un basurero. ese recuerdo pesa más en mi mente que cualquier campaña de greenpeace.

recuerdo también que cuando murió su padre él dijo en el entierro cosas que aún resuenan en mi mente cada vez que muere alguien querido, porque me hizo llorar pero también reírme, y me cambió la cara de la muerte.

todo eso lo recuerdo junto con otras cosas, algunas dolorosas y otras agridulces. y hago esta lista porque el día que se muera, o que lo maten, quiero tener a mano también los buenos recuerdos. porque para bien y para mal, he tenido un padre. y eso ya es bastante.