se fue
metódica y organizada, como siempre. previsiva, discreta, cuidadosa. no dejó cabos sueltos, no corrió riesgos, no (nos) dio otra oportunidad. escogió sobres y papel para las cartas, anunció que tenía una reunión, guardó las joyas. consiguió una fórmula -cosa no muy difícil para la gerente de una clínica-, compró doscientos mil pesos de barbitúricos y una ampolla de cloruro de potasio. luego fue al salón de belleza a arreglarse el pelo y las uñas, volvió a casa, se puso el saco verde de los fines de semana y se sentó en su cama con las pastillas y la jeringa preparada. no es cierto que parecía dormida cuando la encontraron, aunque eso le he hecho creer a sus hermanas. en realidad estaba muerta de la más evidente de las formas, y no hacían falta seminarios de antropología forense para saber que no había camino de vuelta. el frío de su piel se quedó en mi mano, y no sé si alguna vez termine de desvanecerse.
ayer la enterramos en el cementerio de su pueblo, después de una sucesión de misas y velorios que nos dejó agotados. en la primera ceremonia estuve en cuerpo y alma y canté una despedida. en la última ya no podía pensar y sólo quería que todo terminara. y ahora, de vuelta en casa, me pregunto si todo terminó o si apenas comienza, porque ahora hay que regalar su ropa y botar sus papeles, intentar que su hermana mayor no le siga los pasos y que su marido recupere la fé en la humanidad. y cuando todo eso haya pasado, tal vez yo pueda empezar a restañar las grietas en mi fé. tal vez.



