promesas incumplidas i: sabores de infancia
tuve muchas infancias.
una, barranquillera, se nutría de tamarindo bajado del árbol del patio de mi abuela, de enyucao dulce y de pargo rojo frito. fue una niñez de bolis comprados a escondidas, de cayeye al desayuno y de raspao en conos de papel encerado, de ese que traía tres sabores -amarillo, rojo y verde- y un chorro siempre insuficiente de leche condensada.
otra ocurrió en manizales, con los fríjoles sagrados de todos los domingos y los viajes a la cocina justo antes de almuerzo a escamotear tajadas calienticas y trozos de aguacate. esa niñez vivía de guayabas maduras cuyos gusanitos rosados me comía sin verlos, de buñuelos navideños y de jugo de mango.
mi tercera infancia se alimentó de los almuerzos cotidianos de cremita de ahuyama con el arroz adentro y de la comida perezosa de los sábados: maíz tierno con huevo y salchichas en pulpito. en ella aprendí a hacer suspiros con un corozo adentro, las famosas arepas de huevo de mi padre y el postre de peras con que mi mamá resolvía por igual bazares de colegio y almuerzos familiares.
no son esos, claro, los únicos sabores que me mueven el alma: el fin de la adolescencia, los viajes, la curiosidad culinaria y los amores han ampliado mi catálogo de nostalgias gastronómicas hasta lo inconcebible, y me han dejado una lista de antojos que por estos días resuelvo invitando a almorzar a los amigos y planeando tortas de chocolate con cointreau para el fin de semana.
y ahora entiendo por qué no toqué una olla en este tiempo que estuve por fuera… cocinar es, al menos para mí, un modo más de estar en casa.
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pd. este post es una tardía respuesta a una de las solicitudes de la pasada tiranía del lector. espero que los próximos se demoren menos…




Cierto. El chorro de leche condensada SIEMPRE es insuficiente.
Un saludo
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saludos, don jota.
si, la leche condensada nunca fue suficiente…y si, cocinar es estar mas cerca de casa…pero tambien es la forma de crear tu propia casa, tu propia cercania con los amigos….
q post tan bonito
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gracias.
si los olores y los sabores de la casa son únicos pero en algun momento toca empezar a inventarse los propios pues nunca se sabe cuando habra un nieto que escriba los olores que le recuerdan la cocina de su abuela: TU.
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pues yo ando feliz experimentando con olores y sabores, pero no había pensado tan a largo plazo…
Los sabores de colores. Rojo, verde, amraillo. Yo nunca supe a qué sabía cada color del raspado por eso estoy de acuerdo en llamralo por sus colores en vez de por sus supuestos sabores.
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claro, don mauricio. el “sabor” a anilina roja fue fundamental en nuestras vidas :)
mm sí, por eso siempre he dicho que la edad perfecta son los 8.
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depende… ¿perfecta para qué?
Eso es lo que yo llamo una infancia feliz. Como agua para chocolate.
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todas las infancias son felices o trágicas, según por donde. la mía también fue ambas cosas.
ahora va a decir que cocina pues…ahora va a venir aqui a decirnos que cocina…señora mentirosa…quien sabe con que nos sale la proxima vez…yo no he visto nunca de eso…
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y yo que planeaba convencerlo ayer con el pescado al horno y el mousse de chocolate… lástima que no pudo :)
Si, la leche condensada o la salsa de morita siempre faltaron.
Me recuerdas “el vientre de los filosofos”, de Onfray.
Un saludo
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pues acaba usted de presentármelo, don tonio. suena bien, voy a ver si lo busco en la luis ángel.
jaja… yo también compraba bolis a escondidas y me los comía con un leve sentimiento de culpa sentado en un andén (acera) a varias cuadras de mi casa…
Muy bacana tu narración a partir del arte culinario. A mí particularmente me parece del putas cocinar para alguien y le agradezco a quienes me han cocinado por gusto.
Un abrazo niña :)
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un abrazo, mr. cuajinais. con todo gusto se le invitará a comer cuando venga por estos lares.
Se supone (se supone) que el rojo era de kola, el amarillo de tamarindo y el verde de limón. De los raspaos barranquilleros nunca olvidaré el que se parqueaba a la salida del colegio, que no era verde sino transparente y no sabía a boli sino a limón de verdad.
También extraño los enyucaos, que tenían pedacitos de coco que se quedaban entre los dientes. Recuuerdo que los vendían las negras que pasaban a las dos de la tarde por la casa de mi abuela, que gritaban “cocaaaada, alegríííía, caballiiitoooo” como arrullando a los árboles para que los pájaros bajaran a comprar.
Yo, en cambio, bajé mangos verdes que nos comíamos con limón y sal en esas tardes eternas de pantalones cortos y carreras de bicicleta o partidos de béisbol. Al final de la tarde, el banquete me dejaba los labios pegados y la camiseta untá’. Pero con ganas de que ya se pasara la noche.
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¿el amarillo de tamarindo? no creo. en todo caso se me habían quedado por fuera el mango biche recién bajado del árbol y las alegrías con coco y anís, que me dan sed de solo recordarlas. qué bonita analogía la de los pájaros, don jose. un saludo.