lejos
pero bien, supongo. ya veremos.
ayer subía yo a este noveno piso que voy a extrañar tanto, y el ascensor estaba empiyamado. su piyama es azul oscura, áspera y acolchada, y lo protege de las esquinas impertinentes de muebles y neveras los días de trasteo.
eso me recordó una comida que se veía en la casa de mi infancia en las noches de fines de semana, esas noches en que hacíamos perecita y nos dejaban tomar coca cola en vez del vaso de jugo o chocolisto. se llamaban perritos en piyama, y eran el plato más sencillo del mundo: salchichas envueltas en un espiral de hojaldre, que se metían al horno hasta que estaban crujientes y doradas y dejaban un reguero de migas al comerlas.
la piyama del ascensor me recordó también la explicación de mi padre ante mi cara de asombro al conocer las cebras. “son burros empiyamados”, me dijo, y todo tuvo sentido. aún lo tiene cada vez que las veo en discovery channel, y si alguna vez llego a tener un hijo creo saber cómo voy a presentárselas.
finalmente, anoche me despedí de seis amigas del alma con un fondue, algo de vodka y una buena conversación hasta la madrugada. el marido de una de las presentes le preguntó al salir ella de su casa rumbo a la piyamada: “¿y qué piyama llevas?”. nos pasamos la noche riéndonos del pensamiento literal de ciertos ingenieros, que creen que para una piyamada podría hacer falta algo tan abstracto e impreciso como una piyama.
uno no manda los proyectos o los informes el día que están perfectos, sino cuando se cumple el plazo. siempre habrá más que hacerles, siempre serán ampliamente mejorables, cada persona que los vea tendrá siempre algo que sugerir. pero el día llega, y uno los manda. del mismo modo, yo no he empezado aún a empacar la maleta, no está claro adonde voy a llegar, no he resuelto ni la mitad de las cosas que tengo que dejar arregladas, no he visto a toda la gente de la que me quiero despedir.
y sin embargo, estoy lista para irme.
este fin de semana será el último en un buen tiempo en que tendré restaurantes para escoger, internet 24 horas y mi biblioteca entera. vienen meses de racionar los libros para que duren hasta el siguiente viaje, de comer lo que haya y disfrutarlo tan solo porque es nuevo, de intentar -de manera por lo general infructuosa- adaptarme a los climas tropicales, de extrañar a mis gatos y, por unas semanas, no entender la mitad de los chistes.
sustico, encarrete, dudas y expectativas… estos días tienen siempre una intensidad que me sorprende. pronto estaré dedicada de nuevo al meticuloso ejercicio de autoconocimiento que es irse a vivir a un lugar desconocido, y en diciembre volveré a pasar vacaciones familiares sin contarle a nadie que ya me volví otra, como le pasa a todos los que se van de casa.
probablemente no podré mantener este blog actualizado, pero tampoco quiero abandonarlo. pasaré por acá a divagar cuando me sea posible, y tendré otros medios para mantener al tanto a la gente que necesita que le firme a ratos el certificado de supervivencia. si es usted uno de esos, escríbame y le cuento.
saludos a todos y gracias por los buenos deseos de estos tiempos. nos leeremos pronto…
padawan
tengo un nuevo empleo, en otra ciudad, con todo lo que pedía: trabajo de campo, con la gente, ahí mismito donde están pasando las cosas.
tengo familia, amigos y amores que se alegran por mí y otros que se quejan porque no nos veremos más este semestre. hay toda suerte de despedidas. hay almuerzos, cerveza, tardes de conversadas raras, preguntas y expectativas, hay caminadas por bogotá a las tres de la mañana y ventanas de messenger que titilan en las tardes. hay consejos útiles y otros un tantín desubicados, deseos de suerte y muchos muchos abrazos.
y claro, hay también reproches, angustias y dolores. este año desaparecieron a una mujer de la organización con la que voy a trabajar. la devolvieron después, pero no fue bonito. y ahora una de las personas que más quiero me acusa de estarme buscando una cosa semejante, de estar causándole dolor innecesariamente. me habla del miedo que siente cuando oye en las noticias el nombre de algún pueblo donde sabe que ando y se pregunta si no será mejor sacarme de su vida para no pensar más en esas cosas.
no me lo va a creer, pero igual se lo digo: no hago lo que hago para herir a nadie, ni porque crea que hay algo esencialmente valioso en arriesgar mi seguridad o en vivir lejos de la gente que amo. lo hago porque es lo que sé hacer y porque, a ratos, creo que vale la pena. lamento sinceramente las angustias que mi trabajo trae para los que me quieren, y sé que a veces consideran perdido el tiempo y el afecto que invierten en acompañarme. pero sigo porque hay aquí una apuesta de futuro, incierta pero atractiva, y la certeza de que de algún modo hay que retribuir los dones.
no hay en esto ningún martirologio: disfruto profundamente mi trabajo. lo elegí y lo sigo eligiendo porque cuando estoy en campo siento que tiene sentido lo que hago, porque estar lejos me agranda el mundo, porque amo las tardes de charla en las puertas de las casas de tierra caliente en que las mujeres y los adolescentes le enseñan a uno lo que no han podido las décadas de libros. lo elijo porque me rehace, me forja, me llena de descubrimientos, me hace entender cosas imprescindibles.
hay gente que considera que me falta compromiso y otros que creen que hace rato me salí del límite de los compromisos razonables. yo no tengo más medida que mi corazón y él dice que hay que hacer lo que se sabe y se puede, aún si nunca alcanza. en los últimos tiempos he aprendido que entre los precios de esa decisión está una forma peculiar de soledad que resulta de que alguna gente opte por tomar distancia para que no le salpique el dolor ni la incertidumbre. y también sé que ese miedo viene del afecto, y que tendremos que pasar por esto las veces que haga falta.
entretanto, i get by with a little help from my friends. gracias, mundo, por ellos.
veo csi el domingo en la tarde y pienso que sería rico volver a trabajar en forense si las cosas fueran así.
-hacer los procesos en un laboratorio amplio e iluminado en vez de en medicina legal en el cartucho.
-que toda la evidencia que encuentras fuera relevante -si hay una fibra, un pelo, una huella, sólo puede ser de la víctima o del asesino-, incluso en lugares como un baño público o un parque de diversiones.
-que cada investigador tuviera una reserva interminable de luminol para esparcir por paredes y suelos en cada sitio en que sospecha que alguien le pegó a la mujer.
-que el médico forense se fuera hasta cada escena a tomarle la temperatura al cuerpo.
-que las superposiciones cráneo-foto las hiciera el computador solito con meterle tres datos.
-que los restos óseos siempre llegaran completicos y organizados, no en una caja de cartón que trae persona y media, cinco huesos de vaca y tres de pollo.
-que uno pudiera pasearse por las escenas de crimen divinamente peinado y volver a salir así, sin barro ni olor a muerto.
-que el policía fuera el super aliado de los peritos, no el pobre desinformado que vuelve mierda la escena tres veces antes de ocurrírsele llamar al cti.
-que uno en vez de establecer rangos de edad y estatura, pudiera decir sonriente a partir de un fémur y tres vértebras que la víctima tenía 37 años y medía 1.64.
-que al encontrar la pieza de evidencia que va a resolver el caso, uno, en vez de sacar la regla, tomar mil fotos y documentar todo, pudiera limitarse a recogerla con dos dedos, mirarla con interés, meterla en una bolsa de papel kraft y seguir caminando.
-mandar a hacerle análisis de adn a quince gatos por caso, y tener los resultados (y cero investigaciones por peculado) a los cinco minutos.
-que uno pudiera mandar a comprar toda la gama de cuchillos disponible en el mercado para comparar y saber cuál hizo la marca que uno está trabajando.
ah, cómo sería de lindo.
en estos días he estado recorriendo los senderos de adoquines por donde caminaban mis diecisiete años.
volver a las escaleras, las plazas y los corredores donde pasé cinco años -no sé si los más felices, pero sí los más fértiles y los más concienzudos de mi vida reciente- es como reencontrar a alguien que me caía bien y a quien no sé si tenga aún algo que decirle. los espacios son y no son los mismos, los sonidos van de lo familiar a lo incomprensible, los rostros se repiten, vagamente similares. donde hubo gente a la que uno no veía ya de tanto verla, ahora hay lectores láser que descifran los códigos de barras. donde iban las revistas ahora están los libros y los computadores no han perdido un minuto de los tantos que pasan con la luz apagada, y se han reproducido hasta lo inconcebible.
cuando uno vuelve a la universidad por propósitos estrictamente académicos -hacer uso de la biblioteca y las bases de datos, firmar un último papel en la oficina de publicaciones- se da cuenta de que nunca antes había ido a eso. aún para quienes, como yo, dieron rienda suelta a su ñoñez en los sucesivos semestres de carrera, estudiar fue apenas una actividad más. uno iba a la universidad a echar carreta en los descansos de las escaleras, a leer sentado en el piso junto a la entrada a la espera de alguien, a tomar el sol mientras oía ensayar a los de música, a desayunar nestea con arepa de queso.
uno iba a la universidad a cine, a foros, a conciertos, a tomar café y a fumar en compañía. uno iba a perderse buscando un edificio frente al cual llevaba años pasando y a sentirse conquistando un nuevo territorio en el sótano de artes, donde estaban los cuartos oscuros de fotografía. uno iba a la universidad a ver y a que lo vieran, a oír y a que lo oyeran, a subrayar fotocopias manchadas de pasto y a ver pasar a los niños que le gustaban.
sin haber sido nunca la de los mil amigos, ir a la universidad en estos días y volver a salir sin haber saludado a nadie con abrazo me resulta muy extraño y un poquito desolador. me recuerda que ahora tengo una vida en que para ver a los amigos hay que ponerse citas, y que hay mucha gente a la que le tuve afecto pero con la que no llegué nunca a la intimidad de intercambiar teléfonos, porque no hacía falta: en algún momento de la semana coincidiría con ellos en una fila -la de la cafetería, la de la fotocopiadora, la de la biblioteca, la de renovar el carnet- y me pondría al día de chismes y de cuentos. me entristece que si hoy me los cruzara por la calle, ni siquiera me detendría a saludarlos. porque no hay ya nada que compartamos, salvo quizá el recuerdo de una cabra loca que se comía las maquetas, el del eco de los tacones en las escaleras de artes o el de un hombre que arrastraba tras de sí a su perro disecado.