-terminar el día agotada después de haber enviado dos buenos proyectos a las agencias.
-ver tres capítulos de house md.
-que un holandés escriba “dank je wel” en mi cuaderno después de explicarle algo.
-mandar pececitos en facebook.
-escribir los nombres de los 60 asistentes en las escarapelas y ver mi letra pasearse por ahí durante dos días.
-opinar sobre la nueva página de hermano cerdo.
-llenar una maleta de libros recién leídos para cambiarlos por otros este fin de semana.
-tener una conversación básica pero divertida en italiano.
-optar por pasar las cosas a mano (10 minutos) en vez de irritarme esperando a que doña ineficiencia saque una fotocopia.
-descubrir 57 niñas más a las que no les gusta que los extraños les digan “mami” o “mi amor”.
-leer a monterroso.
-ayudarle a la gente con sus textos como si yo no tuviera más oficio.
-conversar con mis ex con cariño y sin videos.
-planear estudios de francés, otra maestría y muchos viajes.
-escribir acrónimos.
-ganarme una beca de investigación entre miles de propuestas de todo el continente.
no sé por qué estar en terreno me alborota los recuerdos de infancia. en estos meses me he oído decir “cuando yo era chiquita” más veces que en la suma de los últimos dos años. tal vez es una forma disfrazada de nostalgia porque estoy lejos de la gente que quiero, tal vez tiene que ver con que la tierra caliente se parece, y por lo tanto veo acá cosas que veía en mis vacaciones de niña, tal vez es un modo de encontrarme con la gente que me rodea, con quienes a veces siento que no me une nada. al fin y al cabo infancia tuvimos todos, más o menos amable o más o menos tormentosa según el ánimo del que estemos al recordarla.
me he preguntado mucho por los mecanismos secretos de la memoria. de mis primeros 10 ó 12 años tengo recuerdos muy puntuales, anecdóticos, suspendidos en el tiempo. ¿por qué esos y no otros? ¿dónde quedaron el resto de esos tiempos? dicen que al envejecer la gente va perdiendo recuerdos inmediatos pero recupera muchos de los de infancia, y yo me pregunto si los agujeros negros que rodean mi infancia irán llenándose cuando mi cerebro empiece a fallar en vísperas de la muerte…
hoy me distraigo y veo a mi mamá sacando una cucharada de milo de la lata y comiéndosela como si fuera un manjar mravilloso. veo a mi padre sentado frente a la mesa del comedor -que era redonda, con listones separados- arreglando la licuadora una mañana de domingo. veo a mi abuelo viendo béisbol y a mi abuela horneando modelos de cerámica. me veo con mis primos en la mesa de los niños comiendo ajiaco en platos verdes de melamina. veo el camino a sabaneta cuando estaba en preescolar y a una horda de niños en la capilla de san diego manchando el piso de adoquines con pintura verde en unas vacaciones recreativas (hace unos años estuve allá, y entré a la capilla a buscar las manchas de pintura de mi infancia. no las encontré, y ahora no sé si cambiaron el piso, si se fueron desvaneciendo con los años o si nunca estuvieron donde las recuerdo).
¿por qué recuerdo una ida a cine de mi tía icha con el novio y no una ida particular a la heladería americana? ¿por qué el intermedio de las obras infantiles de teatro a las que mi madre nos llevaba algunos sábados y no las canciones de cantoalegre? ¿por qué los dibujos con los dedos en la capa de ceniza que dejó el nevado del ruiz en los muros de la finca en vez de los tiros que se oían en medellín en las noches de mi infancia? ¿por qué la persecución de mis padres para ponerme una inyección una noche en la casa y no la operación de las amígdalas de mi hermanita?
no lo voy a saber nunca, y ahora que lo pienso no me importa. al escribir esto van saliendo otros recuerdos y empiezo a sospechar que los demás también están ahí, en alguna parte, esperando una excusa para venir a alborotarme la nostalgia.
algo pasa acá con el tema aquel de la maternidad. una de cada cuatro mujeres que me cruzo en la calle está embarazada. hay noticias de partos por todas partes (ahora que caigo en cuenta, debe ser el eco de las celebraciones decembrinas). venden pendejadas para bebé en cada esquina y evidentemente hay quién las compre…
nada de eso me afecta especialmente, salvo por el ocasional despertar de mi olvidada devoción por san herodes. pero hay dos implicaciones de la obsesión de este pueblo con los temas reproductivos a las que realmente me cuesta acostumbrarme.
la primera es que por natural, sano y decente que sea que las mujeres amamanten sus niños, me sigue resultando entre molesta e inquietante la costumbre que tienen acá de hacerlo a toda hora y en cualquier lado. y soy literal cuando digo en cualquier lado: reuniones de trabajo, restaurantes un sábado a medio día, eventos de celebración con asado y cerveza, salas de espera de cualquier estilo. yo entiendo que no es justo exigirle a las mujeres que se encierren porque tienen lactantes, pero aún así no disfruto el espectáculo. y diría maja: que levante la mano el que me entienda.
lo segundo es la extensión de esta plaga al campo del lenguaje. no me acostumbro, no, no me acostumbro. esto de que hombres y mujeres, niños y adultos, conocidos y extraños me llamen “mami” no es algo comprensible. que le diga a uno “mami” el vendedor al que está tratando de comprarle una nevera, la secretaria que le pasa una llamada, el vecino al que saluda en la mañana, eso choca. pero de qué me quejo, si la jefe me dice “mamazota”…
vuelvo a la oficina después de un viaje hermoso y agotador. tengo la piel quemada y llena de picaduras, cansancio de veintitrés horas de bote y ganas de una comida decente. al llegar a la oficina encuentro a la mujer que el sábado pasado dejé llorando en esa misma silla porque su marido está desaparecido. es menor que yo y tiene un niño en brazos que se duerme por ratos. intuyo que no ha parado de llorar en los cinco días que estuve por fuera, pero no tengo nada qué decirle. ahora me pesa el alma que traía livianita de los días pasados con medio centenar de mujeres como ella.