yo tengo para ti mi buen amigo

yo tengo para ti mi buen amigo
un corazón de mango del sinú
oloroso
genuino
amable y tierno
(mi resto es una llaga
una tierra de nadie
una pedrada
un abrir y cerrar de ojos
en noche ajena
unas manos que asesinan fantasmas)
y un consejo
no te encuentres conmigo.

raúl gomez jattin

y no, no es que ande deprimida, es que este es mi poema favorito de uno de los dos poetas que me gustan ahora (cuando estaba más chiquita eran tres o cuatro). en la feria del libro en el stand de norma está su libro a 7.000 pesos, y no hay quiebra que justifique dejarlo ahí. a los que les guste el señor pues ya saben. a los que no, les recomiendo el pabellón infantil, roald dahl está de vuelta y todavía hay quienes creen que todos los suyos son libros para niños. peor para ellos, mejor para nosotros, porque los venden con ilustraciones.
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bendición

con motivo de esto, encontré un comentario de este niño sobre oliverio girondo. eso me trajo a la memoria un encantador ¿poema? que dan ganas de regalarle a cierta gente ciertos días…

Que los ruidos te perforen los dientes, como una lima de dentista, y la memoria se te llene de herrumbre, de olores descompuestos y de palabras rotas. Que te crezca, en cada uno de los poros, una pata de araña; que sólo puedas alimentarte de barajas usadas y que el sueño te reduzca, como una aplanadora, al espesor de tu retrato. Que al salir a la calle, hasta los faroles te corran a patadas; que un fanatismo irresistible te obligue a prosternarte ante los tachos de basura y que todos los habitantes de la ciudad te confundan con un meadero. Que cuando quieras decir “mi amor”, digas “pescado frito”; que tus manos intenten estrangularte a cada rato, y que en vez de tirar el cigarrillo, seas tú el que te arrojes en las salivaderas. Que tu mujer te engañe hasta con los buzones; que al acostarse junto a ti, se metamorfosee en sanguijuela, y que después de parir un cuervo, alumbre una llave inglesa. Que tu familia se divierta en deformarte el esqueleto, para que los espejos, al mirarte, se suiciden de repugnancia; que tu único entretenimiento consista en instalarte en la sala de espera de los dentistas, disfrazado de cocodrilo, y que te enamores, tan locamente, de una caja de hierro, que no puedas dejar, ni por un solo instante, de lamerle la cerradura.