la niña y la memoria

no sé por qué estar en terreno me alborota los recuerdos de infancia. en estos meses me he oído decir “cuando yo era chiquita” más veces que en la suma de los últimos dos años. tal vez es una forma disfrazada de nostalgia porque estoy lejos de la gente que quiero, tal vez tiene que ver con que la tierra caliente se parece, y por lo tanto veo acá cosas que veía en mis vacaciones de niña, tal vez es un modo de encontrarme con la gente que me rodea, con quienes a veces siento que no me une nada. al fin y al cabo infancia tuvimos todos, más o menos amable o más o menos tormentosa según el ánimo del que estemos al recordarla.

me he preguntado mucho por los mecanismos secretos de la memoria. de mis primeros 10 ó 12 años tengo recuerdos muy puntuales, anecdóticos, suspendidos en el tiempo. ¿por qué esos y no otros? ¿dónde quedaron el resto de esos tiempos? dicen que al envejecer la gente va perdiendo recuerdos inmediatos pero recupera muchos de los de infancia, y yo me pregunto si los agujeros negros que rodean mi infancia irán llenándose cuando mi cerebro empiece a fallar en vísperas de la muerte…

hoy me distraigo y veo a mi mamá sacando una cucharada de milo de la lata y comiéndosela como si fuera un manjar mravilloso. veo a mi padre sentado frente a la mesa del comedor -que era redonda, con listones separados- arreglando la licuadora una mañana de domingo. veo a mi abuelo viendo béisbol y a mi abuela horneando modelos de cerámica. me veo con mis primos en la mesa de los niños comiendo ajiaco en platos verdes de melamina. veo el camino a sabaneta cuando estaba en preescolar y a una horda de niños en la capilla de san diego manchando el piso de adoquines con pintura verde en unas vacaciones recreativas (hace unos años estuve allá, y entré a la capilla a buscar las manchas de pintura de mi infancia. no las encontré, y ahora no sé si cambiaron el piso, si se fueron desvaneciendo con los años o si nunca estuvieron donde las recuerdo).

¿por qué recuerdo una ida a cine de mi tía icha con el novio y no una ida particular a la heladería americana? ¿por qué el intermedio de las obras infantiles de teatro a las que mi madre nos llevaba algunos sábados y no las canciones de cantoalegre? ¿por qué los dibujos con los dedos en la capa de ceniza que dejó el nevado del ruiz en los muros de la finca en vez de los tiros que se oían en medellín en las noches de mi infancia? ¿por qué la persecución de mis padres para ponerme una inyección una noche en la casa y no la operación de las amígdalas de mi hermanita?

no lo voy a saber nunca, y ahora que lo pienso no me importa. al escribir esto van saliendo otros recuerdos y empiezo a sospechar que los demás también están ahí, en alguna parte, esperando una excusa para venir a alborotarme la nostalgia.

y aunque no quise el regreso…

en estos días he estado recorriendo los senderos de adoquines por donde caminaban mis diecisiete años.

volver a las escaleras, las plazas y los corredores donde pasé cinco años -no sé si los más felices, pero sí los más fértiles y los más concienzudos de mi vida reciente- es como reencontrar a alguien que me caía bien y a quien no sé si tenga aún algo que decirle. los espacios son y no son los mismos, los sonidos van de lo familiar a lo incomprensible, los rostros se repiten, vagamente similares. donde hubo gente a la que uno no veía ya de tanto verla, ahora hay lectores láser que descifran los códigos de barras. donde iban las revistas ahora están los libros y los computadores no han perdido un minuto de los tantos que pasan con la luz apagada, y se han reproducido hasta lo inconcebible.

cuando uno vuelve a la universidad por propósitos estrictamente académicos -hacer uso de la biblioteca y las bases de datos, firmar un último papel en la oficina de publicaciones- se da cuenta de que nunca antes había ido a eso. aún para quienes, como yo, dieron rienda suelta a su ñoñez en los sucesivos semestres de carrera, estudiar fue apenas una actividad más. uno iba a la universidad a echar carreta en los descansos de las escaleras, a leer sentado en el piso junto a la entrada a la espera de alguien, a tomar el sol mientras oía ensayar a los de música, a desayunar nestea con arepa de queso.

uno iba a la universidad a cine, a foros, a conciertos, a tomar café y a fumar en compañía. uno iba a perderse buscando un edificio frente al cual llevaba años pasando y a sentirse conquistando un nuevo territorio en el sótano de artes, donde estaban los cuartos oscuros de fotografía. uno iba a la universidad a ver y a que lo vieran, a oír y a que lo oyeran, a subrayar fotocopias manchadas de pasto y a ver pasar a los niños que le gustaban.

sin haber sido nunca la de los mil amigos, ir a la universidad en estos días y volver a salir sin haber saludado a nadie con abrazo me resulta muy extraño y un poquito desolador. me recuerda que ahora tengo una vida en que para ver a los amigos hay que ponerse citas, y que hay mucha gente a la que le tuve afecto pero con la que no llegué nunca a la intimidad de intercambiar teléfonos, porque no hacía falta: en algún momento de la semana coincidiría con ellos en una fila -la de la cafetería, la de la fotocopiadora, la de la biblioteca, la de renovar el carnet- y me pondría al día de chismes y de cuentos. me entristece que si hoy me los cruzara por la calle, ni siquiera me detendría a saludarlos. porque no hay ya nada que compartamos, salvo quizá el recuerdo de una cabra loca que se comía las maquetas, el del eco de los tacones en las escaleras de artes o el de un hombre que arrastraba tras de sí a su perro disecado.

promesas incumplidas i: sabores de infancia

tuve muchas infancias.

una, barranquillera, se nutría de tamarindo bajado del árbol del patio de mi abuela, de enyucao dulce y de pargo rojo frito. fue una niñez de bolis comprados a escondidas, de cayeye al desayuno y de raspao en conos de papel encerado, de ese que traía tres sabores -amarillo, rojo y verde- y un chorro siempre insuficiente de leche condensada.

otra ocurrió en manizales, con los fríjoles sagrados de todos los domingos y los viajes a la cocina justo antes de almuerzo a escamotear tajadas calienticas y trozos de aguacate. esa niñez vivía de guayabas maduras cuyos gusanitos rosados me comía sin verlos, de buñuelos navideños y de jugo de mango.

mi tercera infancia se alimentó de los almuerzos cotidianos de cremita de ahuyama con el arroz adentro y de la comida perezosa de los sábados: maíz tierno con huevo y salchichas en pulpito. en ella aprendí a hacer suspiros con un corozo adentro, las famosas arepas de huevo de mi padre y el postre de peras con que mi mamá resolvía por igual bazares de colegio y almuerzos familiares.

no son esos, claro, los únicos sabores que me mueven el alma: el fin de la adolescencia, los viajes, la curiosidad culinaria y los amores han ampliado mi catálogo de nostalgias gastronómicas hasta lo inconcebible, y me han dejado una lista de antojos que por estos días resuelvo invitando a almorzar a los amigos y planeando tortas de chocolate con cointreau para el fin de semana.

y ahora entiendo por qué no toqué una olla en este tiempo que estuve por fuera… cocinar es, al menos para mí, un modo más de estar en casa.

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pd. este post es una tardía respuesta a una de las solicitudes de la pasada tiranía del lector. espero que los próximos se demoren menos…

letras

cuando éramos chiquitas mis papás se turnaban para cuidarnos.

de día mi mamá nos peinaba, jugaba con nosotras, nos servía papaya en cuadritos con crema de leche y azúcar y nos cantaba rondas de maria elena walsh. de noche mi papá nos leía para dormirnos, se levantaba a la madrugada cuando teníamos pesadillas y nos cantaba las únicas canciones que se sabía, que solían incluir presos políticos y unidad latinoamericana.

algunas de esas noches, cansado del gigante egoísta y de la biblioteca fantástica, mi papá optaba por leernos en voz alta unas páginas del libro que tuviera empezado. gabo, umberto eco, thomas mann y una que otra novelita de vaqueros eran entonces la materia prima de mis sueños, mientras la frustración por no entender la mitad de las palabras y la ansiedad por saber qué pasaría después se me iban convirtiendo en una enorme urgencia de aprender a leer.

luego, cuando empecé a asomarme a los libros por mi cuenta, me resultaría imposible distinguir las historias nuevas de las que había escuchado en voz de mi papá en el entresueño. por eso no sé cuál fue mi primer libro, salvo que puedan contarse los retazos de cien años de soledad con los que me dormía por las noches o los de gato-taza-pelota con los que me levantaba en las mañanas. yo creo que cuentan.

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pd1. primera entrega de esta serie de la tiranía del lector, tema cortesía de este señor.
pd2. para los que preguntaron, el libro se llama matan y matan y uno sigue ahí: control paramilitar y vida cotidiana en un pueblo de urabá y se consigue en el stand de la universidad de los andes.
pd3. sigo subiendo fotos al flickr, cuéntenme qué van opinando…

rara desde chiquita

ayer fui a ver a mi tía abuela, la que me enseñó a hacer muñecas de trapo y panelitas.

me contó que, cuando mis primas y yo estábamos chiquitas, ella nos daba masa de buñuelos y nos ponía a hacer figuritas, que luego freía en el aceite hirviendo y nos daba a comer con chocolate. alguna vez nos dio a cada una un poco de masa y nos dijo que hiciéramos una gallinita. mis primas se esmeraron en sus respectivas aves mientras yo, que era la menor, decidí hacer mejor una culebra, que me parecía más interesante.

las gallinas no sé, pero las serpientes aún me agradan. y ya que ando con las nostalgias alborotadas, creo que esta semana haré, por primera vez en quince años, una tanda de galletas de animalitos.

so long

mis primeros recuerdos de él tienen que ver con caracteres griegos, chistes crueles y discusiones sobre la exploración petrolera en territorio u’wa. lo conocí en la clase de milcíades, primero, y después dando vueltas por el centro y desayunando entre los esmeralderos de la avenida jiménez.

era (igual que yo) un viejito de diecisiete años. lo horrorizaban la socialbacanería y mis amigos saltimbanquis, tanto como le gustaba -y le gusta- cocinar y dar vueltas por el mundo. recuerdo amanecer charlando con él por icq en los tiempos pre-messenger, y escuchar sus cuentos adolescentes de corazón roto que no han cambiado mucho desde entonces.

hemos pasado por tiempos de amor rendido y otros de incomodidad recíproca, por hablar día de por medio y por ignorarnos seis meses seguidos, por llamadas tristes y mensajes eufóricos, y todo eso ha estado bien a su particular manera.

porque ese es él. el más generoso y el más egocéntrico, el más temperamental y el más dulce, el de la costumbre de autoflagelarse y los huevos pericos con salsa picante al desayuno. llevo ocho años pidiéndole que me mande una postal y todavía no ha habido modo de que me dé gusto, pero me ha hecho regalos que superan cualquier cosa que hubiera sido capaz de pedirle. su nombre está en la primera página de mi libro y en una carpeta de mi outlook que tiene mensajes del año noventa y nueve, y en la que vaya usted a saber qué nuevas cosas apareceran este semestre que va a estar lejos.

y mientras él prepara sus maletas, yo me siento como cuando se fue mi hermanita: feliz porque este viaje le estaba haciendo falta, emocionada ante la perspectiva, un poquito envidiosa allá en el fondo y con una nostalgia la hijueputa. algunas de esas cosas se me pasarán, más temprano que tarde. otras quizá no se me pasen nunca.

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