maternidades
algo pasa acá con el tema aquel de la maternidad. una de cada cuatro mujeres que me cruzo en la calle está embarazada. hay noticias de partos por todas partes (ahora que caigo en cuenta, debe ser el eco de las celebraciones decembrinas). venden pendejadas para bebé en cada esquina y evidentemente hay quién las compre…
nada de eso me afecta especialmente, salvo por el ocasional despertar de mi olvidada devoción por san herodes. pero hay dos implicaciones de la obsesión de este pueblo con los temas reproductivos a las que realmente me cuesta acostumbrarme.
la primera es que por natural, sano y decente que sea que las mujeres amamanten sus niños, me sigue resultando entre molesta e inquietante la costumbre que tienen acá de hacerlo a toda hora y en cualquier lado. y soy literal cuando digo en cualquier lado: reuniones de trabajo, restaurantes un sábado a medio día, eventos de celebración con asado y cerveza, salas de espera de cualquier estilo. yo entiendo que no es justo exigirle a las mujeres que se encierren porque tienen lactantes, pero aún así no disfruto el espectáculo. y diría maja: que levante la mano el que me entienda.
lo segundo es la extensión de esta plaga al campo del lenguaje. no me acostumbro, no, no me acostumbro. esto de que hombres y mujeres, niños y adultos, conocidos y extraños me llamen “mami” no es algo comprensible. que le diga a uno “mami” el vendedor al que está tratando de comprarle una nevera, la secretaria que le pasa una llamada, el vecino al que saluda en la mañana, eso choca. pero de qué me quejo, si la jefe me dice “mamazota”…



