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fin de semana inclasificable. muchos encuentros, cuatro hombres que quiero, libros nuevos que ameritan reorganizar del todo la biblioteca, café, helado y ginebra, métodos cualitativos propios y ajenos, desayunar en el aeropuerto y salir de una película de muñequitos después de media noche.

organizando, me encuentro con sospechosas repeticiones en mis estantes. casi podría ser un meme.

autores de los que tengo cuatro o más libros:
-milan kundera
-joyce carol oates
-rosa montero
-andrés caicedo
-umberto eco
-orson scott card
-amy tan
-gabriel garcía márquez
-arturo pérez reverte

claro que esto fue reorganizando la biblioteca de la sala, si hubiera sido la del estudio la lista la dominaría claude lévi-strauss. por otro lado, y contrariando mi tendencia natural a atesorar los libros, he donado muchos al sistema de intercambios literarios de los f.u. ¿quiere alguno? no es sino inscribirse y pedirlo. ¿tiene libros que no le ve el punto a seguir guardando? ¡dónelos!

lo admito

si yo fuera mejor persona, el evento de ayer me habría dejado preocupada por la situación humanitaria en nariño, por el surgimiento de nuevos grupos armados ilegales o por el auge del narcotráfico y sus implicaciones para la población de las zonas de frontera. en cambio, lo que más me afectó fue escuchar a un parlamentario colombiano decir “ecsenario” seis veces en una presentación de menos de veinte minutos.

superficial que es una.

home

de nuevo en casa, tras seis semanas que fueron una vida distinta dentro de esta vida mía. vuelvo a mi gato que se deshace de amor y ronroneos, al sol de bogotá que entra por mi ventana, a mi gente que me recibe con una copa de vino y mil cuentos atrasados, a mis libros, mis matas, mis reuniones y mis vueltas, a eso que es mío y a lo que pertenezco.

vengo nostálgica de un tiempo que se acaba y que fue perfecto a su particular modo, contenta por todo lo aprendido y por todo lo encontrado, curiosa de lo que viene para mí en estos días que se anuncian buenos. las ganas de llorar van de la mano con algo que se parece a paz en la conciencia y los saludos son tan intensos como las despedidas. entretanto, en mi balcón sigue siendo primavera.

demasiado y aún insuficiente

estos últimos días han sido una avalancha de descubrimientos -estéticos, sociales, familiares, culinarios, científicos y personales- que me dejó con el corazón tibiecito y unas cuantas fotos que se pueden ver aquí.

lo importante, como siempre, no sale en las fotos. la experiencia de oír gente hablando en cinco idiomas distintos en un lapso de dos días, de que la mujer que va a mi lado en el ferry esté leyendo en chino y la de adelante en español, de que haya gente de todos los colores en todos los espacios, es algo que no puedo resumir en una foto ni en diez páginas de charla.

el bay bridge iluminado en la noche, los edificios de san francisco apareciendo detrás de la niebla que cubre la bahía, los acantilados de monterey y los edificios del campus del mills college superan también mi capacidad de descripción. baste decir que hay casas y cosas de todos los colores, de todos los estilos, de todas las épocas. la arquitectura victoriana y la mexicana colonial, el bosque y el pacífico, todo se junta al norte de california y todo tiene su lugar y su tiempo bajo el sol.

¿cómo explicar lo impresionante que es para mí que una bahía alrededor de la cual se apiñan más de diez ciudades se mantenga perfectamente limpia hasta el punto de que se puede pescar en cualquier parte? ¿cómo describir la sensación de ir por una calle en monterey que bordea la playa, y toparse con medio centenar de focas que toman el sol panza arriba a veinte metros de donde uno dejó el carro? no lo logro.

puedo contar que en el acuario de monterey vimos animales que no sabía que fueran posibles, que parecíamos niños chiquitos corriendo por entre las exhibiciones para volver a ver -solo una vez más- las medusas cuyos tentáculos separan la luz y crean arcoiris. que, nostálgica de mis gatos, me puse a jugarle a una nutria africana a través del vidrio, y ella jugó conmigo como veinte minutos.

puedo contar que mis tías me pasearon, me ayudaron y me consintieron de un modo que hizo que la visita hubiera valido la pena aún si no hubiera habido nada para ver en la bahía. que estar en una casa alegre y luminosa, con una familia que pasa rico junta y que lo manda a uno con lonchera cuando se dispone a caminarse san francisco, es de esas cosas buenas para el alma.

puedo hablar de la sensación de estar en casa que me produjo el departamento de antropología de uc berkeley, de la gente siendo distinta a conciencia y con ganas en una universidad como la mía pero estatal y seis veces más grande, de las ganas que tengo de pasar al doctorado y dedicar unos años a recorrer los edificios, los cafés, los bosquecitos, las plazoletas y las librerías de usados que pueblan esa ciudad donde el rector es más poderoso que el alcalde.

también puedo hablar de una familia de venados que pasta entre los árboles a pocos metros de una playa rocosa, de un barrio repleto de banderas de arcoiris donde las parejas de todos los estilos pueden andar tranquilas de la mano, de un viejo trolley amarillo con letros de uscita y vietato sputare, de una sopa de ostras en un cuenco de pan cuyo olor enloquece a las gaviotas. podría pasar diez días contando los diez días y al final estaríamos como al principio, así que mejor me limito a dejarles un saludo y a pedirles que le den una mirada al flickr. gracias una vez más por pasar por aquí…

itinerario

12:15m
salgo de casa hacia el aeropuerto de northwestern arkansas, con una mezcla de emoción y tusa como solo padece quien ha dormido acompañado los últimos 27 días y sabe que esa noche se acostará solito.

12:45m
no puedo registrarme en las maquinitas porque no apunté el número de mi tiquete electrónico. hacemos la otra fila para que nos atienda un ser humano, y cuando llegamos al mostrador, de la fila de autoservicio sale un energúmeno quejándose a voz en cuello porque nos atienden primero a nosotros cuando él tiene mil kilos, tres maletas y una rodilla mala. a la señorita que le contesta que él estaba en la fila de autoservicio, la enciende a cantaleta. nosotros lo dejamos pasar y el señor sigue alegando y exige hablar con el jefe, para quejarse porque no había un letrero que dijera que él no tenía que hacer esa fila. desde unos metros más allá, una señora de seguridad me sonríe, alzándose de hombros. a veces pasa, parece decir. a veces pasa.

1:10pm
ale me acompaña a comer algo antes de pasar a sala. él irá a almorzar a algún lado bacano más tarde, a mí me toca conformarme con lo que vendan en la veintiúnica cafetería. me como el perro caliente más maluco de mi vida consciente, con una cocacola como único consuelo.

1:35pm
paso el filtro de seguridad para la sala de espera. me quito las botas y la reata, las pongo en la canasta con lo demás. igual el detector de metales suena cuando paso, así que una señora muy rubia y muy decente me pide que me haga a un lado para revisarme con el detector de mano. mientras lo hace me explica cada paso como si yo tuviera cuatro años y hace lo imposible por no tocarme. es sorprendente lo que le toca hacer a esta gente para que no la demanden.

1:45pm
llego a la sala y me encuentro con que el vuelo está retrasado y no va a salir antes de dos horas. pregunto por mi conexión y me cambian para el vuelo que sale de los ángeles a las siete. llamo a avisar y me preparo para pasar dos horas en un aeropuerto más aburrido que el de pereira.

3:55pm
nueve sudokus y una cosmopolitan después, llaman a bordo. mientras volamos sobre las montañas me pregunto por qué los gringos se preocupan tanto por controlar la inmigración si tienen medio país deshabitado. por favor, por favor, no me contesten.

7:00pm
aterrizamos en los ángeles tras tres horas de vuelo. miro mi pasabordo y pienso que perdí la conexión de todos modos. entonces caigo en cuenta de que al volar hacia el este desaparecieron dos horas de mi vida, y tengo tiempo de sobra antes de que sean las siete en california. al dolor de espalda y al hambre, sin embargo, les importa un carajo dónde queda greenwich. para ellos siguen siendo las siete.

5:15pm (otra vez)
llego al terminal de american y empiezo a buscar un teléfono y una comida decente. lo más parecido que encuentro es un chili’s, y ahí me meto. mientras como, oigo a los meseros hablar entre sí en español y una parte de mi se siente como en casa. leo the blind assasin mientras espero la hora de salida.

7:00pm (otra vez)
el avión sale para san francisco. con el cambio de vuelo, quedé con una silla de pasillo. yo que quería mirar por la ventana… aún quedan sudokus, será seguir con eso. afuera atardece y mi vecina de asiento, que seguro ha hecho este viaje veinte veces, no se digna mirar ni una vez para afuera.

8:20pm
este aeropuerto es igual a todos los demás, excepto porque mis primas me esperan junto al carrusel del equipaje. pasamos el bay bridge hacia alameda y las luces de la costa me hacen guiños mientras ellas me cuentan qué es donde. cuatro horas después, al apagar la luz para dormirme, se combinan en mí la ansiedad de los descubrimientos y una sensación que se parece mucho a estar en casa. esta semana va a ser interesante…

…ya empecé a publicar en mi flickr las fotos que tomé en semana santa. eso me ayuda un poco a espantar la nostalgia.

…no es que yo no fuera celosa, es que estaba asintomática.

…hoy sí voy a hacer las galletas.

…mi gato lame el auricular del teléfono cuando oye mi voz del otro lado. qué poco hace falta para conmoverme.

…yo no voy a estar allá para la feria del libro, pero mi libro sí.

…me olvidé la disciplina de trabajo en algún avión. ¿adónde llamo para que me la devuelvan?

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