sin título

en medio de una semana agotadora, ayer llevé a otro grupo de alumnos a la salida de campo en la zona de alto impacto (eufemismo técnico para zona de tolerancia) de la localidad de los mártires. he estado llevando grupos allá cada mes desde agosto, como parte de una caminata de cinco horas en las que intentamos acercarnos a la comprensión de los diversos órdenes que se superponen en la ciudad.

al final del año, y en especial en diciembre, la zona de alto impacto estaba llena de gente, con mujeres y travestis exhibiéndose e interpelando a los transeúntes, música a todo taco en todos los negocios y un ambiente sórdido pero festivo, con cerveza, whisky y aguardiente circulando entre la concurrencia.

ayer que volví me dolió el corazón. enero es para ellos un mes malo, muchos de los negocios están cerrados y las personas que esperan en los andenes parecen irremediablemente cansadas y solas. el velo de bullicio y animación que cubría la pobreza cae en estos días, y lo que queda a la vista es un lugar entre desolado y desolador. las mujeres andan pensando en los útiles para que los muchachitos entren al colegio, y los hombres sabe dios en qué. pero a todos ellos los años de un trabajo desgastante e incierto se les han quedado en la piel, y el sol de enero hace visible el daño de manera despiadada.

y me duele pensar lo que debe ser empezar un año más de pie en unos tacones, frente a una calle sucia, esperando un cliente que quizá deje lo de la comida o quizá una nueva cicatriz en el cuerpo o el alma. simplemente me duele.

de generaciones

en mi casa, que no es la mía sino la finca de mi familia, donde es impajaritable pasar el 24 al menos mientras vivan los abuelos, las tradiciones son una cosa importante.

la novena, por ejemplo, está más allá de toda discusión. aunque el porcentaje de católicos entre los primos no supera el 30%, aunque la mayoría preferiríamos estar leyendo o jugando cartas, aunque cada día nos sentimos menos representados por aquello de “esta pobre humanidad agobiada y doliente”, igual ahí estamos. aprovechamos para sentarnos cinco primos en una silla de tres puestos, para soplarnos entre dientes las oraciones que no nos sabemos y para improvisar una versión ska-core de “pero mira cómo beben los peces en el río”, acompañada con las panderetas hechas de tapas aplastadas de gaseosa y las maracas anaranjadas de chocolisto con las que nos han puesto a cantar villancicos durante veintitantas navidades.

luego el abuelito esconde en algún rincón la figura de cerámica del niño jesús que unas horas después deberá completar el pesebre, y no hay matrimonios, posgrados ni tatuajes que puedan impedir que alguno de nosotros se tire al piso o se trepe a las ventanas para buscarlo, porque el que lo encuentre se gana “unos pesitos” que -vea usted lo que es la devaluación- ya son cien veces más que cuando yo me los gané por última vez.

tengo una prima que va a cumplir treinta y otra que este año sale de kínder, pero en navidad solemos convertirnos en una masa indiferenciada de niños chiquitos que corre por la casa y altera la digestión de los perros. nuestras evidentes diferencias políticas y profesionales quedan anuladas por unos días, y surge por allá al fondo una sensación de identidad reconfortante.

esta navidad, sin embargo, vi abrirse a mis pies una brecha generacional de dimensiones aterradoras. ocurrió el 24, cuando una de mis primas, que está empezando la universidad, se quedó mirando una camiseta que tenía el nombre y la imagen de kurt cobain (jovencito y con audífonos) y, sumamente intrigada, le preguntó al mono, que la tenía puesta: ¿kurt cobain es un dj?

no se imaginan cuán vieja me sentí.

here comes the sun

la mona tiene luxada una articulación y tuvieron que inmovilizársela. mi hermanita esta harta en su trabajo y gracias a los aguaceros recientes tenemos una humedad en las paredes del estudio. pero esta mañana amaneció soleada, y cuando eso pasa todo lo demás se vuelve irrelevante y mi sala se convierte en una reunión de felices adoradores de amon-ra. y hasta lindos se ven.

julia, hoshi y fionna

ma

es valiente. esa es la última palabra que se le ocurriría a quien la vea pasar, porque es una señora pequeña, gordita y amable, con las gafas de leer apoyadas en la punta de su perfecta nariz y una sonrisa para cada quien. pero carajo si es valiente. ha pasado por casi todo, y aún se las arregla para verse como las demás señoras del edificio, como si la vida para ella hubiera sido un inacabable comercial de mermelada.

creció en una familia difícil, en un manizales al que todo llegaba diez años más tarde. logró que le pagaran la carrera por si acaso le tocaba un mal marido y se fue a estudiar a bogotá, que fue para ella una revelación. hizo amigas, se metió en política, se enamoró de un costeño pobre y mamerto y su primer embarazo se volvió un cáncer. pero terminó la carrera, sobrevivió a la quimioterapia y eventualmente se casó con el negro este.

sus dos hijas aprendimos a gatear en las asambleas de firmes y conocimos de primera mano el algodón, el maíz y el sorgo porque nuestros padres paraban en la orilla de cuantas carreteras tiene este país para mostrarnos las cosas que crecían en los potreros.

yo tenía dos años cuando empezó el segundo cáncer. esa vez le sacaron la tiroides, las dos paratiroides, los ganglios y todo lo demás que había en su garganta y que el cáncer había comprometido. desde entonces, al no tener una tiroides que regule su metabolismo, ella depende de la tiroxina que se tiene que tomar cada mañana, y aún así la energía no le alcanza para la mitad de lo que hace en un día una persona cualquiera. la cosa era para que se hubiese quedado en cama para siempre, pero en vez de eso trabajó cada día de su vida, recorrió con nosotras el país en un carro viejo al que la gasolina parecía no acabársele nunca, y nos enseñó las canciones que yo todavía canto cada vez que me siento perdida.

mientras fuimos pequeñas consiguió siempre trabajos que le permitieran estar en casa cuando llegábamos del colegio, y nos esperó cada tarde con algo de dulce y mil cuentos para contar. leyó con nosotras, terminó de armar los rompecabezas de los que nos aburríamos en la mitad y nos remendó cantidades interminables de ropa. luego, tras los tropeles de la adolescencia en que salieron a flote los peores rasgos de su crianza y nuestro carácter, fue encontrando un camino de tranquilidad y tolerancia del que ya no volvería a apartarse. vivir con ella se convirtió otra vez en un buen paseo, y en la casa que compartíamos albergó a mis amigos con ese estilo suyo tan particular de aparecerse con coca-cola y galletas a la una de la mañana cuando estábamos estudiando y escucharle las penas a todo el que llegara con el corazón roto. conversábamos en la cocina mientras hacíamos desayuno, redecorábamos el apartamento cada tercer día y cada tanto nos íbamos solas a tomar cocteles y contarnos las vidas. nadie sabe cuánto la extrañé los primeros tiempos que viví sola.

inteligente, dulce, solidaria y coherente, nos ha apoyado en cada intento nuestro de encontrar un camino propio. se asusta cuando nos metemos en cosas peligrosas y se entristece cuando estamos lejos, pero jamás moverá un dedo para impedir que vayamos a donde el corazón nos esté jalando. confía en nosotras a fondo y sin reservas, y contamos con ella para cualquier cosa. es terca a veces, no sabe cruzar calles y puede ponerse realmente cansona con su eterna campaña por hacer de nosotras mejores seres humanos, pero su modo de hacerme reír en medio del llanto más desconsolado hace de mi madre una bendición de la que yo quisiera nunca tener que prescindir.

un pequeño homenaje

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cuando tenía dieciséis años, yo quería ser como oriana fallaci. de pronto porque sus entrevistas fueron mi primer atisbo al mundo de la política, que entonces era -y a veces es aún- demasiado complicado para que yo pudiera entenderlo más allá de mis afectos y antipatías, de pronto porque antes de haberme enamorado conocí el amor en su historia con alekos panagulis, de pronto porque todas mis confusiones sobre el tema de la maternidad y el aborto las condensó en la carta que le escribió a un hijo que no tuvo.

quien haya leído en la adolescencia la entrevista con la historia, se habrá enamorado conmigo de dom helder camara y habrá detestado -sin saber más de que lo que, con calculada repulsión, oriana nos contaba en la introducción de la entrevista- a haile selassie. qué pena con los rastas, pero así eran las cosas por entonces. unos años después la imagen comenzó a llenarse de matices y la distinción entre buenos y malos perdió esa nitidez que tanto facilitaba las cosas, pero esas entrevistas siguieron siendo un valioso muestrario sobre la naturaleza humana y el poder.

oriana fallaci murió esta madrugada. y aunque los años la habían vuelto intolerante, y en la rabia y el orgullo dijo cosas francamente inadmisibles, a mí la imagen que me queda es la de la amiga de pier paolo pasolini, la amante de alejandro, la periodista florentina que abrió un camino para quienes creemos que se puede ser mujer, intensa y visceralmente, aún cuando se habla de guerra y de poder.

gracias por todo, signora fallaci. buen viaje.


posdatas:

- hoy salió mi primera columna en equinoxio. allá estaré los viernes, hablando un poco más en serio de lo que aquí acostumbro, y esperando sus comentarios y sugerencias.

-si todo sale bien, la próxima semana habrá mudanza y cambio de look en este chuzo. crucen los dedos, porque mi habitual torpeza para el html amenaza con arruinarlo todo.

lo que queda

ellos creían que la habían encontrado. la receta mágica que todos buscamos cuando descubrimos que esto es una mierda, el manual de cómo cambiar el mundo en tres pasos y que le quede tiempo para celebrar, la fórmula para arreglar las cosas. estaban convencidos de que iban a instaurar la solidaridad, la libertad, la alegría y la irreverencia en un país que estaba jodido desde el comienzo, y no les sonaba descabellado entregarse en cuerpo y alma a ese proyecto.

sus vidas tuvieron un sentido que iba más allá de lo que cada uno era tomado por aparte. rescatados de las miserias cotidianas por su compromiso con la causa, iban a lograr existencias con más significado que las de sus padres, iban a convertirse en la carne y la sangre de un mundo justo y bueno.

con una moral igualmente alimentada por el señor cura párroco y por el camarada que dirigía el grupo de estudio, fueron tan fanáticos e intolerantes como somos todos a los diecinueve. dividieron el mundo en buenos y malos y se pararon del lado que creían correcto, con la fuerza de su convicción y la invulnerabilidad de los iluminados. aún así, muchos de ellos murieron en el intento. los mejores, piensan a veces los que quedan.

a sus hijos nos pusieron nombres de compañeros muertos, nos dieron sus propios nombres de batalla, intentaron al nombrarnos darnos un sentido para la vida y blindarnos frente a las inclemencias de la muerte. gateamos en los mitines, dormimos arrullados por el canto de “socialista será el porvenir”, aprendimos en casa que lo importante era ser honesto y solidario, más que tener las orejas limpias o no contestarle a los mayores.

y aunque sabemos que lo apostaron todo por nosotros, eventualmente entendimos que ser hijo de esta gente es también una forma de orfandad. una orfandad que pasa por crecer sabiendo que cambiar el mundo no es algo para lo que basten un puñado de locos y unos cuantos años de trabajo, por haber visto mil veces a nuestras madres llorar la muerte de quienes habían venido a comer la noche anterior, por cargar un desencanto con el que hay que pelear cada mañana para tratar de hacer alguna cosa en medio de un mierdero que no tiene fin.

nuestros padres nos dejaron lecciones que hubiéramos preferido no saber. la peor de ellas es la conciencia de que no va a haber hombre nuevo, la certeza de que nunca la humanidad en su conjunto será mejor de lo que ha sido hasta ahora. que cualquier intento habrá que hacerlo con la gente que hay, gente que casi siempre es débil y mezquina y sólo a veces valiente y generosa. ahora sabemos que podemos intentar que este mundo sea un poquito menos cruel, podemos darnos la pelea por un poco más de justicia y equidad, pero nunca llegará ese tiempo con el que sus canciones de cuna nos enseñaron a soñar por las noches. y nosotros, que nacimos en medio de esa pelea, tendremos que vivir sabiéndola perdida.

no es cierto, me contestó cuando se lo dije. ustedes son esa gente nueva. ustedes son más íntegros, más fuertes y más libres de lo que habrían podido ser de otra manera. y eso ya hace que haya valido la pena.

y yo pensé en óscar y le dije que sí.

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