ellos creían que la habían encontrado. la receta mágica que todos buscamos cuando descubrimos que esto es una mierda, el manual de cómo cambiar el mundo en tres pasos y que le quede tiempo para celebrar, la fórmula para arreglar las cosas. estaban convencidos de que iban a instaurar la solidaridad, la libertad, la alegría y la irreverencia en un país que estaba jodido desde el comienzo, y no les sonaba descabellado entregarse en cuerpo y alma a ese proyecto.
sus vidas tuvieron un sentido que iba más allá de lo que cada uno era tomado por aparte. rescatados de las miserias cotidianas por su compromiso con la causa, iban a lograr existencias con más significado que las de sus padres, iban a convertirse en la carne y la sangre de un mundo justo y bueno.
con una moral igualmente alimentada por el señor cura párroco y por el camarada que dirigía el grupo de estudio, fueron tan fanáticos e intolerantes como somos todos a los diecinueve. dividieron el mundo en buenos y malos y se pararon del lado que creían correcto, con la fuerza de su convicción y la invulnerabilidad de los iluminados. aún así, muchos de ellos murieron en el intento. los mejores, piensan a veces los que quedan.
a sus hijos nos pusieron nombres de compañeros muertos, nos dieron sus propios nombres de batalla, intentaron al nombrarnos darnos un sentido para la vida y blindarnos frente a las inclemencias de la muerte. gateamos en los mitines, dormimos arrullados por el canto de “socialista será el porvenir”, aprendimos en casa que lo importante era ser honesto y solidario, más que tener las orejas limpias o no contestarle a los mayores.
y aunque sabemos que lo apostaron todo por nosotros, eventualmente entendimos que ser hijo de esta gente es también una forma de orfandad. una orfandad que pasa por crecer sabiendo que cambiar el mundo no es algo para lo que basten un puñado de locos y unos cuantos años de trabajo, por haber visto mil veces a nuestras madres llorar la muerte de quienes habían venido a comer la noche anterior, por cargar un desencanto con el que hay que pelear cada mañana para tratar de hacer alguna cosa en medio de un mierdero que no tiene fin.
nuestros padres nos dejaron lecciones que hubiéramos preferido no saber. la peor de ellas es la conciencia de que no va a haber hombre nuevo, la certeza de que nunca la humanidad en su conjunto será mejor de lo que ha sido hasta ahora. que cualquier intento habrá que hacerlo con la gente que hay, gente que casi siempre es débil y mezquina y sólo a veces valiente y generosa. ahora sabemos que podemos intentar que este mundo sea un poquito menos cruel, podemos darnos la pelea por un poco más de justicia y equidad, pero nunca llegará ese tiempo con el que sus canciones de cuna nos enseñaron a soñar por las noches. y nosotros, que nacimos en medio de esa pelea, tendremos que vivir sabiéndola perdida.
no es cierto, me contestó cuando se lo dije. ustedes son esa gente nueva. ustedes son más íntegros, más fuertes y más libres de lo que habrían podido ser de otra manera. y eso ya hace que haya valido la pena.
y yo pensé en óscar y le dije que sí.